Cada año, millones de niños en el mundo no llegan a cumplir los cinco años de edad, y aunque las cifras han mejorado en las últimas décadas, el ritmo de progreso se ha estancado de manera alarmante. Desde el año 2000, la mortalidad infantil se redujo a más de la mitad, un logro histórico que …
La alarmante crisis global: ¿Por qué mueren casi 5 millones de niños menores de 5 años cada año?

Cada año, millones de niños en el mundo no llegan a cumplir los cinco años de edad, y aunque las cifras han mejorado en las últimas décadas, el ritmo de progreso se ha estancado de manera alarmante. Desde el año 2000, la mortalidad infantil se redujo a más de la mitad, un logro histórico que demostró que las intervenciones en salud pública pueden salvar vidas. Sin embargo, desde 2015, el avance se ha ralentizado en más de un 60%, una tendencia que mantiene en alerta a expertos y organizaciones internacionales. La mayoría de estas muertes ocurren en África y Asia, regiones donde la pobreza, la falta de acceso a servicios médicos básicos y las crisis humanitarias agravan una situación que, en muchos casos, podría evitarse.
Las causas de estas muertes varían según la edad. En los recién nacidos, las complicaciones durante el parto, como la asfixia o las infecciones, son las principales responsables. Una vez superado el primer mes de vida, enfermedades como la malaria —que representa el 17% de los decesos en menores de cinco años— y la neumonía toman el relevo. Países como Chad, República Democrática del Congo, Níger y Nigeria concentran las tasas más altas de mortalidad infantil, donde la desnutrición crónica debilita a los niños, haciéndolos más vulnerables a infecciones que, en otras condiciones, serían tratables.
Pero el problema no termina en la primera infancia. Entre los 5 y los 24 años, se registraron más de 2.1 millones de muertes en 2024, un dato que revela riesgos distintos según la etapa de la vida. En los más pequeños de este grupo, las enfermedades infecciosas y las lesiones accidentales siguen siendo las principales amenazas. Sin embargo, al llegar a la adolescencia, el panorama cambia drásticamente. En las jóvenes de 15 a 19 años, el suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte, un reflejo de problemas de salud mental que a menudo pasan desapercibidos en sociedades con recursos limitados. En los varones de la misma edad, los accidentes de tráfico lideran las estadísticas, un recordatorio de que la falta de regulaciones viales y la precariedad en el transporte siguen cobrando vidas.
Ante este escenario, los especialistas insisten en que la solución no requiere de tecnologías costosas ni de tratamientos inaccesibles. La mayoría de estas muertes podrían prevenirse con medidas básicas: vacunación oportuna, acceso a agua potable, atención médica durante el embarazo y el parto, y programas de nutrición que fortalezcan a los niños desde sus primeros días. También es crucial invertir en educación para la salud, especialmente en comunidades rurales, donde la información sobre prevención de enfermedades suele ser escasa. En el caso de los adolescentes, la implementación de políticas públicas que aborden la salud mental y la seguridad vial podría marcar una diferencia significativa.
El informe deja claro que, aunque los avances son innegables, el mundo aún tiene una deuda pendiente con la infancia. Cada muerte evitable es un fracaso colectivo, pero también una oportunidad para actuar. La pregunta ya no es si se puede hacer algo, sino si habrá voluntad política y recursos suficientes para garantizar que ningún niño muera por causas que, con un poco de esfuerzo, podrían haberse evitado. El tiempo apremia, y las cifras no mienten: mientras el progreso se frena, millones de vidas siguen en riesgo.






